A muchas personas les ocurre lo mismo: sienten emociones intensas y no saben muy bien qué hacer con ellas.
Ansiedad, enfado, tristeza, frustración o miedo pueden aparecer de repente y generar la sensación de perder el control, de reaccionar de formas que luego no nos gustan o de quedarnos bloqueados.
Y, sin embargo, hay algo importante que casi nunca se nos enseñó:
“Cómo regular nuestras emociones.”
Durante mucho tiempo, la educación emocional ha estado ausente en muchos espacios de nuestra vida. Aprendimos matemáticas, idiomas o historia, pero pocas veces alguien nos explicó cómo relacionarnos con lo que sentimos.
Por eso, muchas personas llegan a la vida adulta intentando gestionar sus emociones con herramientas muy limitadas.
¿Qué significa realmente regular una emoción?:
Regular una emoción no significa eliminarla ni hacer que desaparezca.
Tampoco significa controlarla o reprimirla.
Regular una emoción significa poder sentirla sin que nos desborde, comprendiendo qué está ocurriendo dentro de nosotros y encontrando una forma saludable de responder.
Cuando desarrollamos regulación emocional, somos más capaces de:
• detenernos antes de reaccionar impulsivamente.
• comprender qué estamos sintiendo.
• expresar lo que necesitamos.
• tomar decisiones con mayor claridad.
No se trata de no sentir emociones intensas, sino de poder sostenerlas sin perdernos en ellas.
Por otro lado, cuando las combatimos, es común que aparezca uno de estos dos extremos; o ambos, alternativamente:
- La sobrecarga emocional.
Las emociones aparecen con mucha intensidad y nos sentimos desbordados.
Podemos reaccionar con impulsividad, enfado, ansiedad o bloqueo.
- La desconexión emocional.
En otros casos ocurre lo contrario: dejamos de sentir demasiado.
Nos desconectamos de lo que pasa dentro para evitar el malestar.
Ambas respuestas suelen ser formas de protección del sistema nervioso.
El problema aparece cuando estas respuestas se vuelven automáticas y constantes, dificultando nuestras relaciones, nuestro bienestar o nuestra forma de vivir.
La regulación emocional, se aprende.
La buena noticia es que la regulación emocional no es algo con lo que simplemente se nace.
Es una habilidad que puede desarrollarse a lo largo de la vida.
A través del proceso terapéutico muchas personas aprenden a:
• reconocer sus emociones con mayor claridad.
• comprender qué necesitan en determinados momentos.
• regular su sistema nervioso cuando aparece el estrés.
• comunicarse de forma más consciente con los demás.
• relacionarse consigo mismas con mayor amabilidad.
Este aprendizaje no ocurre de un día para otro, pero poco a poco, permite construir una relación más sana con el mundo emocional.
Si la mente fuera como Inside Out:
En la película Inside Out, las emociones aparecen como pequeños personajes que viven dentro de la mente y tratan de ayudar a dirigir lo que ocurre.
Cada una tiene su función: la alegría, la tristeza, el miedo, la ira.
En la vida real no es exactamente así, claro. Pero la metáfora tiene algo interesante.
Dentro de nosotros también hay diferentes voces: pensamientos que interpretan lo que ocurre, emociones que reaccionan, recuerdos que influyen en cómo vemos las cosas.
El problema aparece cuando una sola de esas voces toma todo el control.
Cuando la mente empieza a analizarlo todo sin parar.
Cuando una emoción se vuelve tan intensa que lo ocupa todo.
O cuando dejamos de escuchar lo que ocurre dentro.
El trabajo terapéutico no consiste en silenciar esa “sala de control”.
Consiste más bien en aprender a escuchar lo que ocurre dentro sin que una sola parte tenga que dirigir toda la historia.
Porque cuando mente, emoción y experiencia interna pueden tener su espacio, aparece algo que muchas personas llevan tiempo buscando:
más claridad para entenderse y más libertad para responder de otra manera.
✨Porque aprender a relacionarte con lo que sientes, también es una forma de volver a ti.