Farmear aura cuando nadie mira: Ibiza, septiembre y la necesidad de convertir cada lugar en una prueba de quiénes somos.

Este verano he tenido la oportunidad de conocer Ibiza. He bailado, he salido, he recorrido calas y he vivido esa parte de la isla que parece diseñada para elevar la activación hasta hacerte perder la noción del tiempo.

Pero también he conocido otra Ibiza.

La de las conversaciones sin prisa, los silencios, las sobremesas y los momentos en los que no estaba ocurriendo nada extraordinario.

Entre una experiencia y otra, no podía dejar de pensar en una expresión que últimamente parece estar en todas partes: farmear aura.

Tener aura es tener presencia, carisma, estilo, personalidad, flow. En redes hemos convertido esa presencia en una especie de puntuación imaginaria: ganas aura cuando haces algo épico, proyectas seguridad o consigues que los demás te miren; la pierdes cuando fallas, haces el ridículo o no estás a la altura de la escena.

Pero Ibiza me dejó pensando en algo:

¿Qué sucede con nuestra aura cuando desaparecen el escenario, la cámara y el público?

«La isla te adora o la isla te expulsa».

Antes de viajar había escuchado muchas veces esa frase: Ibiza te acepta o te rechaza. La isla te adora o te expulsa.

Es una forma muy intensa de describir un lugar. Y también una forma bastante ansiosa de enfrentarnos a una experiencia.

O conecto completamente o esto no es para mí.

O encajo o estoy fuera.

O lo aprovecho todo o he desperdiciado el viaje.

O me siento como esperaba o algo está saliendo mal.

Esta lógica de todo o nada no solo condiciona cómo interpretamos lo que vivimos. También reduce la experiencia a un resultado: éxito o fracaso, pertenencia o rechazo.

Sin embargo, un lugar puede fascinarnos e incomodarnos. Podemos disfrutar de una parte y no reconocernos en otra. Sentirnos integrados durante unas horas y fuera de lugar después.

La ambivalencia no demuestra que la experiencia haya salido mal. Demuestra que no necesitamos simplificarla para poder comprenderla.

Ibiza no tenía que decidir si yo pertenecía allí. Podía ser yo quien descubriese de qué manera quería estar.

Cuando dejamos de vivir la experiencia y empezamos a supervisarla:

En ocasiones, no solo vivimos lo que está ocurriendo: también nos observamos mientras lo vivimos.

Comprobamos si estamos disfrutando lo suficiente, si parecemos cómodos, si estamos aprovechando el tiempo, si los demás perciben nuestro entusiasmo o si la experiencia se parece a la que habíamos imaginado.

Aparece así una especie de espectador interno que evalúa constantemente la escena:

¿Me lo estoy pasando tan bien como debería?

¿Estoy encajando?

¿Resulto interesante?

¿Recordaré esto como algo especial?

Cuanto más intentamos verificar que estamos presentes, más fácil resulta alejarnos del momento.

No porque hacer fotografías, compartir algo en redes o disfrutar de la atención de los demás sea necesariamente superficial. La validación externa también forma parte de nuestra vida social. El problema surge cuando necesitamos contemplarnos desde fuera para saber qué estamos sintiendo por dentro.

Hay experiencias que dejan de pertenecernos cuando estamos demasiado ocupados comprobando cómo se ven.

Quizá por eso farmear aura puede convertirse en una paradoja: cuanto más esfuerzo hacemos para demostrar que tenemos presencia, menos espacio queda para estar realmente presentes.

No todo lo que activa genera bienestar:

La fiesta no es necesariamente evasión. La calma tampoco es siempre conexión.

Una noche de música y movimiento puede hacernos sentir profundamente conectados. Una tarde silenciosa puede estar llena de ansiedad, rumiación o ganas de escapar.

Psicológicamente, activación y bienestar no son lo mismo.

Podemos experimentar una activación alta y agradable, como entusiasmo, deseo o euforia. También una activación alta y desagradable, como ansiedad, saturación o irritabilidad. Del mismo modo, la baja activación puede sentirse como serenidad, pero también como apatía o desconexión.

Por eso, la pregunta no debería ser únicamente «¿estoy haciendo mucho o poco?», sino:

¿Qué efecto tiene en mí la forma en la que estoy viviendo esto?

Después de varios días llenos de novedad, estímulos y planes, nuestro sistema puede acostumbrarse a una intensidad elevada. Al regresar a un ritmo más ordinario, el contraste se hace extraño: el silencio parece vacío, una tarde sin planes parece desaprovechada y lo cotidiano resulta insuficiente.

No significa necesariamente que hayamos dejado de saber disfrutar.

Quizá necesitamos permitir que nuestro cuerpo recalibre su umbral de estimulación sin interpretar inmediatamente esa transición como aburrimiento, tristeza o falta de sentido.

Septiembre no baja el volumen: cambia la música.

Podríamos pensar que septiembre pone fin a toda esa activación. Guardamos las maletas, recuperamos los horarios y volvemos a la vida real.

Pero, muchas veces, septiembre no reduce el ritmo: sustituye una forma de exigencia por otra.

En verano había que aprovechar.

En septiembre hay que rendir.

Los viajes y los planes dejan paso al gimnasio, la agenda, los proyectos pendientes, las nuevas rutinas y la expectativa de regresar descansados, motivados y preparados para todo.

La sobreestimulación del ocio puede transformarse rápidamente en sobreactivación productiva. Cambian las actividades, pero nuestro cuerpo continúa recibiendo el mismo mensaje: todavía no es suficiente, todavía deberías estar haciendo algo más.

De este modo, convertimos septiembre en una especie de enero anticipado. Otra oportunidad para reorganizarnos, corregirnos y diseñar una versión mejorada de nosotros mismos.

Sin detenernos a pensar si necesitamos un nuevo comienzo o, sencillamente, una transición.

Volver también requiere un periodo de adaptación. No todo tiene que estar resuelto el primer lunes de septiembre.

¿Y si tener aura no fuera una actuación, sino una elección?:

Quizá hemos entendido el aura únicamente desde su parte más visible: la seguridad que se proyecta, el magnetismo, la estética o la capacidad de captar la atención.

Pero existe otra forma de presencia que no siempre produce una imagen memorable.

Es la que aparece cuando tomamos una decisión coherente aunque nadie la celebre. Cuando elegimos un plan porque nos apetece y no porque debamos demostrar algo. Cuando podemos abandonar una situación sin sentir que hemos fracasado. Cuando aceptamos que una experiencia puede gustarnos sin tener que definirnos.

Eso no significa ignorar a los demás ni dejar de disfrutar de su reconocimiento. Significa que la mirada externa puede acompañar nuestras decisiones, pero no tiene que dirigirlas.

El autoconocimiento tampoco consiste en encontrar una versión definitiva y completamente segura de nosotros mismos. Consiste en aprender a detectar:

qué elegimos, qué evitamos, qué necesitamos y qué estamos intentando demostrar.

A veces tendremos aura entrando en una sala y ocupando espacio. Otras veces, marchándonos a tiempo. Y algunas, permaneciendo en silencio sin sentir la necesidad de convertir ese momento en algo más interesante.

No porque una opción sea más auténtica que las demás, sino porque la autenticidad no está en la actividad: está en la relación que mantenemos con nuestra elección.

El aura que no puede puntuarse.

Tal vez la forma más difícil de farmear aura sea aquella que nadie puede medir.

La que no suma puntos imaginarios.

La que no necesita convertirse en contenido.

La que no garantiza que un lugar o un grupo nos elijan.

Quizá la isla nunca tuvo que adorarme.

Quizá yo solo tenía que dejar de preguntarme qué versión de mí necesitaba interpretar para merecer estar allí.

Y ahora, ya en septiembre, la pregunta sigue abierta:

Cuando nadie está mirando, cuando no hay nada que demostrar y la escena deja de ser extraordinaria, ¿sigues reconociendo la vida que estás eligiendo?

Nos seguimos leyendo.

Con cariño,

Laura Pérez

Psicóloga General Sanitaria

Mindfit Psicología

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